EL DERECHO A LA SOLEDAD
Gerardo Cornejo M.

Esto de escribir, es un acto solitario; un parto de ideas, de imágenes y de sueños que no puede compartirse con nadie; un acto por medio del cual uno se deshace de las visiones que lo pueblan por dentro; un acto de extirpación por el que uno se saca a pedazos la cotidiana indignación nacida del vivir en una de las sociedades más brutalmente desiguales del planeta; un acto de extracción por el que uno deshila hacia afuera las frustraciones generadas por la necesidad de tener que vender el tiempo en lugar de dedicarlo a este compulsivo oficio, Esto de escribir no es sino una inmersión en las solitarias profundidades de uno mismo, en los parajes identificadores de la naturaleza interior, en los paisajes arrobados de la naturaleza externa y en los campos oníricos de la otra realidad de la que no se tiene memoria si no se escribe. Esto de escribir, no es sino una expedición, llena de peligros, por los interiores ajenos que permanecen celosamente sellados tras las caras herméticas; un desplazamiento en alas del insondable placer de sentir cómo salen por la punta de los dedos las ideas todavía empapadas en placenta mental, los sentimientos todavía húmedos de entraña, la creación recién acabada de parir.

Eso... todo eso, es lo que explica la ira irracional del escritor al ser interrumpido; su osquedad ante la visita inesperada (que no es sino su defensa contra la irrupción ajena en su elemento); su insistente desvinculación de lo externo, su obstinado atesoramiento de momentos boreales a los que se aferra con afán y frente a los cuales todo es secundario. No hay nadie hospitalario en este trance; nadie que pueda sumergirse en este océano penumbroso arrastrando consigo otra presencia; nadie que pueda compartir la corriente subterránea del fluído quemante de la creación. Por eso, el escritor anda por los campos agradeciendo la redondez del planeta que oculta, con la curvatura de su horizonte, las luces de la ciudad cercana y le permite la ilusión de estar lejos de todo para poder acostarse con las soledades estrelladas y perseguir luciérnagas furtivas. Por eso anda siempre imaginando la pesadilla de que esto fuera plano y de que uno tuviera que ver todo lo que hay a cientos de kilómetros a la redonda; imaginándo la oprimiente falta de aislamiento que eso significaría; la constante y forzada presencia de todo lo que no se quisiera ni se necesitara ver y la de tener que recorrer interminables distancias para lograr un mínimo de soledad.

Es por eso... por todo eso, que defiendo intransigentemente la soledad del escritor y sé que antes de forzar sus cerraduras, hay que tenerle paciencia y esperar a que emerja de un silencio al que ha entrado después de una ruda batalla con la concentración; de una guarida metal y de una madriguera de ideas donde no va a encontrar respuestas pero va a librarse del peso de las preguntas.

Reclamo, por estas razones, el derecho a una ración diaria de soledad, a una mínima anticompañía, a una porción de la privacía que hay en el mundo.

No espero que nadie, que no sea de este gremio maldito, comprenda esto. Pero me queda la solidaria y segura aprobación de los demás trabajadores del arte que andan sueltos por entre el ruido de este lado de la vida.



Principal | Entrevistas | Columna | Análisis | Cuentos | Escritores