La Muerte de Don Cástulo, El Cambujo Rubio

por José Angel Calderón Trujillo

Cuando el médico familiar leyó el acta de defunción en la parte correspondiente a: "Don Cástulo Rubio dejó de existir víctima de un pernicioso cáncer prostático a la edad de 86 años"... mal pude contener un inoportuno acceso de risa.

A pesar de la tristeza que como nieto del finado me embargaba, por primera vez en toda su dimensión se me reveló de golpe su vida y conducta, recordando que fue un contumaz fornicador, un disoluto e impúdico libertino, una amenaza constante para el sexo femenino, descubriendo que su nombre era mucho más que una contradicción. Irónicamente se llamaba Cástulo; como no me iba a sacudir la risa y todavía más, Rubio se apellidaba, cuando el hombre era dueño de una tez tan morena que en el barrio se le conocía con el mote de El Cambujo Rubio.

El mismo, recuerdo, hacía mofa del color de su piel cuando sus amigos cada vez que lo encontraban en la calle, le repetían la pregunta choteadora: - ¿Cambujo, por qué eres tan negro?-, y el abuelo con picardía y un gran sentido del humor siguiendo la corriente respondía: -No es que este tan prieto, lo que pasa es que hoy me polvié con nescafé, pero tú bien sabes, la entrepierna la tengo blanquita ¿O es que acaso ya no te acuerdas y tendré que mostrártela de nuevo?- y todos entre ruidosas carcajadas festejaban otra vez la consabida respuesta.

Ahora el abuelo con los ojos desorbitados, porque no hubo poder humano ni ciencia que lograra cerrárselos, había quedado sin vida y la Tía Virginia sugirió le pusieran unos lentes oscuros para librarnos de aquella mirada de fauno inquisidor; sugerencia que por supuesto, la familia rechazó por considerar que aquello iba en contra de la moral cristiana, pues ¿dónde se había visto semejante atrocidad como era aquella de ponerle antiparras a un muerto?

Ahí está á ahora con los ojos pelones y una forzada sonrisa luciendo la impecable dentadura postiza, con un colmillo de oro incrustado, que le llenaba exageradamente la boca, porque no era la de él, sino había pertenecido a un hermano mayor, muerto cuatro años antes, y que por la prisa de los funerales los familiares olvidaron ponérsela. Como un golpe en el estómago recuerdo la dentadura de mi tío abuelo Mamerto Rubio muerto años atrás, acomodada en un rincón de un armario, metida el fondo de un vaso de cristal con agua medio turbia que la abuela cambiaba reverentemente cada quince días, la que permanentemente servía de abrevadero a las chuparrosas y a la plaga de libélulas que, confianzudamente durante todo el año, circulaban por la habitación.

Los chamacos de la casa en susurrante complicidad y dirigiéndonos miradas oblicuas nos referíamos a "aquello" como el vaso que ríe con un colmillo de oro.

En el momento en que choqué con la mirada de Don Cástulo, empezaron a desfilar algunos de los nombres de pila que varios de mis parientes tuvieron que soportar en vida; más que un requisito de carácter civil, me parecieron siempre sutiles venganzas que mi bisabuelo cobró visceralmente en la persona de sus hijos, movidas por reconcomios que nunca pude desentrañar. Pero lo sorprendente me resultaba lo que ahora veía con toda claridad, al relacionar que cuando les bautizó, como que los predestinó negativamente. En secreto, porque les avergonzaban las razones, los familiares lamentaban la ausencia de tres singulares tíos. El tío Honorio, no pudo concurrir al sepelio porque no logró el permiso necesario para salir de la cárcel del pueblo vecino en el que se encontraba purgando una condena para saldar la deuda contraída con la sociedad, hacía mas de ocho años, sentenciado a quince, por abuso de confianza y por un escandaloso fraude cometido contra las inocentes monjas del convento "Las Mercedarias" miembros legionarias de la "Orden de la Luz y la Esperanza" a quienes en un momento de dudosa inspiración había convencido para venderles parcelas en el cielo.

Por otra parte la tía Teófila tampoco pudo estar en las honras fúnebres porque en la casa era de todos sabido, que desde el momento en que cumplió la mayoría de edad, aquella fría madrugada en que por primera vez nevó en el pueblo - fecha que después sirvió siempre de referencia- abandonó a la familia, declarándose atea por convicción y marxista por iluminación, dándose desde aquel momento a la ardua tarea de formar la liga "Mujeres Teosófico - Revolucionarias". Por cierto que las correligionarias adoptaron por unanimidad como símbolo y ejemplo de sus luchas reivindicadoras a Dolores Ibarrituri, mejor conocida como "La Pasionaria".

Y el pobre tío Prudencio que su vida toda fue una ininterrumpida colección de pendencias, un rosario inacabable de pleitos que le valieron la formulación del más abultado expediente conocido en la región de infracciones al bando de policía. No se supo nunca de un solo varón del pueblo que cuando menos una vez no se liara a moquetazos con el imprudente tío Prudencio. Un día le encontramos flotando boca arriba en la compuerta de la acequia, amoratado, ridículamente hinchado, pero eso sí, portando en la mano izquierda un deslavado guante de box, los pies calzados con unos tenis con agujeros en todas partes y sin agujetas y una larga camiseta que le cubría el cuerpo, en la que se leía con dificultad la letra de una canción que un día dio fama a un intérprete de la capital. La leyenda empezaba diciendo: "Todo se derrumbó dentro de Mí, dentro de Mí".

Envuelto en un cubo de plástico transparente el abuelo con su mirada fija, nos taladraba y luego el tieso celofán crujía cada cinco minutos provocando el horror de la familia, principalmente el de las mujeres que pensaban que don Cástulo había resucitado con toda seguridad para cometer otra de sus temidas fechorías. Yo tengo la impresión de que el abuelo no estaba del todo muerto y, hasta puedo jurar sin caer en pecado, que dos veces le ví guiñándome un ojo, al tiempo que empujaba la grotesca dentadura hacia adelante, presionándola con la lengua. Tal vez le incomodaba el monstruoso aditamento y pretendía en un último esfuerzo deshacerse de el tratando de escupirlo.

Alguien sugirió rezar por última vez un rosario de cuerpo presente antes de darle cristiana sepultura y en el momento preciso de las letanías, la abuela lanzó un grito horrendo que trastumbó las paredes del salón. Obedeció a que uno de los cirios cercanos al cadáver resbaló tocando con su flama el celofán que de inmediato empezó a incendiarse. Con el consabido correteadero de hombres y mujeres a manotazo limpio y con salpicaduras de agua salida quien sabe de donde que los deudos arrojaban sobre el cuerpo yacente, entre el histérico griterío de las viejas que no dejaban de rezar en medio de un nauseabundo olor a chamusquina que rápidamente impregnó el ambiente, lograron al fin apagar aquel conato de incendio que dejó más averiados todavía los despojos mortales del abuelo que ni ante esta circunstancia cerró los ojos ni abandonó nunca su forzada y diabólica sonrisa.

Pero el incidente dio pie para tomar la decisión de acelerar el entierro, porque la piadosa tía Virginia, convenció a la familia de que debía sepultarse de inmediato el cuerpo, porque tuvo la revelación, aseguraba, de que a don Cástulo se le había metido el chamuco.

Cuando lo bajaron, ví claramente que el abuelo frunció el ceño, gesto que yo interpreté como de disgusto por terminar sus días en una mortaja que a él le parecía indigna. Le enterraron enfundado en lo que a mí -y estoy seguro que también a él- me pareció un enorme condón, como si con ello pretendierán neutralizarle la intención, en caso de que le volvieran las ganas, de querer fecundar la tierra en un postrer ayuntamiento.